Hace algunas semanas, en algún salón de la Casa Rosada, alguien tiró un número sobre la mesa y el silencio que siguió fue del tipo que en el fútbol se produce cuando el local va 2-0 arriba a los 85 y el árbitro le saca la quinta tarjeta amarilla. Seis mil doscientos cuarenta por ciento de desaprobación. O dicho en criollo: el 62,4% de los argentinos no está de acuerdo con lo que hace el presidente. Y si eso les pareció poco, el bonus track: el rechazo subió 4,4 puntos respecto de los meses anteriores, según un relevamiento de Atlas Intel y Bloomberg hecho entre fines de julio y principios de agosto. El dato que el oficialismo trata de esconder con más fuerza que un fiscal su libreta: las encuestadoras que le fallaron en 2023 ahora le están contando cómo cierra el mercado.
Y no es un problema menor, porque el 70% de los encuestados evalúa de forma negativa la situación económica del país. Salarios y empleo, para más color, se metieron en el primer puesto de las preocupaciones: el argentino promedio ya no discute si la teoría económica es buena o mala, discute si la alcanza con la plata hasta el domingo. En términos de Olé, sería como que el hinchado le pregunte al DT si el equipo no va bien de contraataque, y el DT le conteste «el contraataque es lo que tiene que ser».
En paralelo, la protesta sigue pegando en la puerta del Ministerio de Economía. Cada jueves, o casi, la calle hace lo que el Congreso no termina de poder: mostrarle al gobierno que el poder adquisitivo no se defiende con un hilo en redes sociales ni con el lema «la economía está en franco descenso». Los manifestantes piden explicaciones sobre inflación, salarios y empleo; el gobierno pide paciencia. El resultado de la negociación, hasta acá, es el mismo que en el mercado de pases de un club en quiebra: nadie compra, nadie vende, y el público se queda mirando.
El Congreso despierta: LLA busca su gol, la oposición se arma en bloque
Milei encerrado en su cabeza
Pero el show interno es todavía más interesante. Porque en el Gabinete, según pudo conocerse, el presidente les presentó a sus ministros una versión de la realidad que no tiene demasiada cobertura con el sondeo: la economía exhibiría «números récord de consumo» y la inflación estaría en «franco descenso» hacia los últimos meses del año. Si uno toma el discurso a precio de lista, el país estaría rumbo a un cierre de año dorado. Si uno toma la encuesta a precio de mercado, el país estaría rumbo a un cierre de año de pisa y corre. Alguien, al parecer, está vendiendo el activo a un precio y comprándolo a otro.
El condimento de la semana llegó cuando, entre defensa de gestión y anuncios, Milei confirmó que buscará la reelección en 2027. Anuncio de candidato, campaña de presidente, discurso de economista keynesiano («el consumo va a subir»). En LLA, mientras tanto, empiezan a circular quejas internas sobre las cifras que maneja el propio jefe, un fenómeno que en política se llama «descontento dentro del bloque» y en la vida real se llama «hasta el propio DT ya no cree en el sistema de juego». La oposición, por su parte, todavía no tiene estrategia clara, pero tiene algo que en estos tiempos vale más que un plan: el sondeo de su rival en la mano.
¿Qué se viene? Un segundo semestre de discursos al calor de un primer semestre de encuestas en contra, un Congreso que recién empieza a activarse y un electorado que, según El País, cambió de preocupación: ya no le importa el superávit fiscal, le importa el supermercado. O sea que el próximo dato que le va a doler al gobierno no va a ser un número de la Balanza de Pagos. Va a ser el precio del kilo de carne. Y ese, a diferencia de los indicadores, no se puede explicar con un gráfico: se corta solo.




