El campo aguanta lo que no aguantaría ningún otro sector
Si alguien te dice que tu negocio da mal, que los costos superan a los ingresos proyectados y que el contexto internacional no acompaña, lo más lógico es que reduzcas la apuesta. Cerraría el kiosco, cambiaría de rubro, me iría a vender empanadas. Cualquier cosa menos seguir poniendo plata en algo que no cierra.
Pero el productor agropecuario argentino es una especie aparte. Este miércoles, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires confirmó lo que la encuesta CREA ya había anticipado un mes atrás: la superficie de trigo para la campaña 2026/27 se reduciría apenas un 3% respecto al ciclo anterior. Apenas. Un suspiro estadístico. Una caída que en cualquier otro sector hubiera sido una estampida.
La pregunta obvia es: ¿por qué?
Números en rojo, tractores igual en marcha
Las proyecciones del negocio triguero no son buenas. No hace falta ser contador para entenderlo: los costos de producción siguen altos, el tipo de cambio sigue siendo un tema de conversación permanente en cada mesa de la Sociedad Rural y cada asado de campo, y los precios internacionales del cereal no están precisamente para festejar.
Sin embargo, el productor argentino sigue eligiendo el trigo. No porque sea un romántico empedernido -aunque algo de eso hay-, sino porque dentro del ajedrez productivo, el trigo sigue siendo una pieza que no se puede sacar del tablero sin consecuencias. Es el cultivo de invierno por excelencia, el que permite rotar, el que ocupa la mano de obra y los equipos en la época del año en que la soja todavía no arrancó.
En criollo: aunque pierda plata, el trigo le sirve para no perder más plata todavía.
El Estado, ese socio que nunca pone pero siempre cobra
Acá viene la parte que ningún funcionario libertario va a querer leer, pero que hay que decir igual. Uno de los principales factores que achica el margen triguero es la presión impositiva. Las retenciones, que este gobierno prometió eliminar y que eliminó parcialmente y transitoriamente para algunos cultivos, siguen siendo una mochila pesada para el trigo.
Milei llegó al poder prometiendo que iba a desregular, liberar y dejar al campo respirar. La foto con el tractor, los discursos en Expoagro, los aplausos de la Mesa de Enlace. Todo muy lindo. Pero cuando se miran los números reales que tiene que hacer un productor antes de decidir si siembra o no siembra, el panorama sigue siendo el de siempre: el Estado mete la mano antes que cualquier otro.
No es un invento de la izquierda. Es aritmética.
La herencia de todos y la solución de nadie
Seamos justos, que acá no se salva nadie. Cristina Kirchner y sus doce años de retenciones record dejaron al campo en una relación de amor-odio con el peronismo que todavía no se terminó de procesar. Mauricio Macri prometió quitar retenciones, las bajó, las volvió a subir cuando el Fondo Monetario le apretó el cuello, y salió corriendo dejando una deuda descomunal que alguien tuvo que pagar.
Y Milei, el gran libertador de los mercados, el enemigo del Estado bobo, sigue administrando un esquema de retenciones que debería haberle dado alergia ideológica desde el primer día de gestión.
Así que cuando el productor triguero decide igual sembrar a pesar de los números en rojo, lo que está haciendo es sobrevivir en el contexto que tres generaciones de políticos le armaron. No es heroísmo. Es resignación productiva.
¿Qué dice la caída del 3%?
La reducción proyectada del 3% en la superficie triguera no es dramática, pero tampoco es inocua. En términos absolutos, estamos hablando de miles de hectáreas que van a quedar sin sembrar. Hectáreas que en otro contexto hubieran producido, generado divisas, alimentado la cadena agroindustrial.
Lo que la Bolsa de Cereales está midiendo con ese número es, en realidad, el nivel de aguante del productor agropecuario argentino. Y ese nivel, hay que reconocerlo, es extraordinariamente alto. Demasiado alto, diría. Porque cuando el aguante es infinito, los que tienen que tomar decisiones políticas no sienten urgencia por cambiar nada.
El mercado habla, el gobierno escucha otra cosa
Los técnicos de la Bolsa de Cereales hacen su trabajo: relevan intenciones de siembra, proyectan superficies, publican informes. Los productores hacen su trabajo: calculan, dudan, y al final siembran igual porque no saben hacer otra cosa y porque este país, con toda su locura, sigue siendo uno de los mejores suelos del mundo para producir alimentos.
Lo que falta es alguien que cierre el triángulo. Un gobierno que no use al campo como variable de ajuste fiscal cuando los números no cierran. Que no descubra el agro solo cuando hay que exportar y conseguir divisas. Que no aplauda en Palermo y castigue en el Ministerio de Economía.
Por ahora, el trigo 2026/27 va a sembrarse. Menos que el año pasado, pero va a sembrarse. El productor va a poner el pecho una vez más.
Y el Estado, sea del color que sea, va a seguir cobrando primero.
