El robot que quiere salvar la imagen de los agroquímicos

Desarrollaron sensores climáticos para evitar errores en pulverizaciones. Tecnología útil, pero la mala praxis del sector tiene historia larga.

El campo también tiene sus propios inventos

Mientras la política argentina se pelea por quién rompió el país primero, en algún rincón del agro alguien estaba ocupado en algo más productivo: desarrollar un sistema tecnológico que ayude a que las pulverizaciones de agroquímicos se hagan bien, o al menos que no se hagan tan mal.

La iniciativa apunta a resolver uno de los problemas más viejos y más ignorados del sector agropecuario argentino: la mala praxis en la aplicación de fitosanitarios. Ese tema que todos saben que existe, que nadie termina de regular bien y que le da munición a todo el mundo, desde los ambientalistas más radicales hasta los dirigentes rurales más negacionistas.

De qué se trata el invento

El sistema en cuestión integra sensores climáticos de alta precisión con software de análisis en tiempo real. La idea es simple aunque la ejecución no lo sea tanto: antes de largar el mosquito a andar, el operario o el ingeniero agrónomo tiene información concreta sobre si las condiciones del momento son aptas para pulverizar.

Temperatura, humedad, velocidad y dirección del viento, inversión térmica… todas variables que cuando se ignoran generan lo que en el campo llaman con mucho eufemismo las macanas en el lote. Es decir, la deriva de agroquímicos hacia lugares donde no deberían ir, la pérdida de eficacia del producto, el daño a cultivos vecinos y, en los peores casos, el perjuicio a poblaciones cercanas.

La tecnología no hace magia. No convierte en inofensivo lo que es tóxico ni resuelve los debates científicos sobre los efectos de determinadas moléculas en la salud humana. Lo que hace es reducir los errores operativos que, según quienes trabajan en el sector, explican buena parte de los incidentes que terminan en los diarios y en las redes sociales con videos de pueblos fumigados.

El problema que nadie quiere agarrar con la mano

Acá viene la parte incómoda, esa que tanto el establishment agropecuario como los funcionarios de turno prefieren esquivar con elegancia.

La mala praxis en las aplicaciones no es un fenómeno marginal ni anecdótico. Es estructural. Responde a décadas de capacitación insuficiente, a la ausencia de controles serios en muchas provincias, a la presión productiva que lleva a pulverizar cuando hay que pulverizar y no cuando las condiciones lo permiten, y a un sistema de habilitaciones y certificaciones que en muchos distritos funciona más o menos como el registro de conducir en los noventa: con más trámite que exigencia real.

Los mismos productores y asesores que defienden el uso responsable de fitosanitarios saben que hay un porcentaje importante de aplicaciones que se hacen mal. No lo dicen muy fuerte porque el contexto político los obliga a cerrar filas, pero lo saben.

Y del otro lado, los sectores que se oponen a cualquier uso de agroquímicos tampoco tienen demasiado incentivo para destacar que la tecnología puede mejorar las cosas, porque eso les complicaría el relato.

Así que el debate público termina siendo una guerra de extremos donde los matices, como suele pasar en Argentina, mueren aplastados entre dos bandos que gritan más de lo que piensan.

La profesionalización pendiente

Lo interesante del sistema no es solo el hardware o el software. Es la filosofía detrás: la idea de que profesionalizar una actividad requiere herramientas concretas, no solo buenas intenciones.

Argentina tiene ingenieros agrónomos formados, tiene tecnología de punta en maquinaria agrícola, tiene productores que invierten sumas importantes en precisión. Y al mismo tiempo tiene un gap enorme entre las mejores prácticas que se aplican en los campos más tecnificados del país y lo que ocurre en el promedio real de las pulverizaciones cotidianas.

Cerrar esa brecha es un desafío que no se resuelve con un solo invento, pero los inventos ayudan. Especialmente cuando van acompañados de capacitación, de normativa que se cumpla y de controles que no sean solo para la foto.

La mala prensa tiene razones

Sería deshonesto terminar esta nota sin decirlo claro: parte de la mala imagen que tienen los agroquímicos en la sociedad argentina no es injusta. No toda es ignorancia ni campaña ideológica.

Hay casos documentados de aplicaciones cerca de escuelas, de barrios, de cursos de agua. Hay denuncias que no son inventadas. Hay un historial de episodios que quedaron impunes o que se investigaron con la velocidad característica de la Justicia argentina, es decir, casi nunca.

Que ahora aparezca tecnología para reducir esos errores es una buena noticia. Que esa tecnología se adopte masivamente, que se regule su uso, que se exija en los registros de aplicación y que efectivamente cambie las prácticas en el campo real y no solo en las presentaciones de congreso… eso ya es otra historia.

Una historia argentina, con final abierto y sospechosamente parecida a la de siempre.

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