Chicago habló y el campo escuchó
Esta semana, los mercados de futuros del CME Group en Chicago registraron algo que los productores argentinos no escuchaban con tanta claridad desde hace un rato: el sonido de los precios subiendo. El aceite de soja tocó un nuevo máximo y arrastró consigo a los contratos de poroto, generando esas subas intradiarias que hacen que algunos dirigentes ruralistas sonrían más de lo habitual en sus declaraciones a cámara.
Pero antes de que alguien en la Sociedad Rural Argentina empiece a pedir que le pongan una estatua a la coyuntura energética global, conviene entender por qué está pasando esto y, más importante, a quién le termina llegando la plata.
La energía manda, el aceite obedece
El protagonismo repentino del aceite de soja no es casualidad ni magia del mercado. Es el resultado directo de su consolidación como insumo clave en la producción de biocombustibles, especialmente el biodiesel. En un contexto global donde la tensión geopolítica no para de escalar, donde el petróleo sigue siendo una moneda de negociación política tanto como energética, y donde varios países aceleran su transición hacia fuentes alternativas, el aceite vegetal pasó de ser un commodity secundario a tener su propio protagonismo en la mesa grande.
Dicho en criollo: cuando el mundo tiene miedo de que se corte el suministro de combustibles fósiles, empieza a mirar con otros ojos cualquier cosa que pueda quemarse en un motor. Y el aceite de soja, resulta, quema bastante bien.
Argentina: el país que siempre llega tarde a cobrar
Acá viene la parte donde, como de costumbre, el contexto internacional prometedor choca con la realidad nacional como un camión sin frenos contra una pared de burocracia.
Argentina es uno de los principales exportadores mundiales de aceite de soja. Debería estar festejando. Y en parte lo hace. Pero hay un detalle menor, casi insignificante, que los entusiastas del libre mercado a veces olvidan mencionar: las retenciones, el tipo de cambio, la brecha, las trabas operativas y el eterno debate sobre si el productor, el exportador o el Estado es quien realmente se queda con la renta extraordinaria.
Bajo la gestión de Javier Milei, que llegó prometiendo liberar al campo de todas sus cadenas, la situación es… compleja. Las retenciones al complejo sojero siguen existiendo, aunque con algún retoque cosmético. El tipo de cambio oficial, el blend, el financiero y el blue siguen siendo un laberinto donde los más avivados ganan y los productores medianos y chicos hacen las cuentas a la noche sin entender bien qué les quedó.
El eterno triángulo: campo, Estado y exportadoras
Esta historia de precios altos en Chicago y beneficios esquivos en Argentina no es nueva. Macri la vivió, CFK la usufructuó a su manera y Milei la heredó con el agregado de que ahora, encima, tiene que fingir que todo es diferente porque él es el cambio.
Las grandes exportadoras, esas pocas empresas que controlan buena parte de la cadena de comercialización del complejo oleaginoso argentino, son las que mejor saben leer estas señales de Chicago. Tienen los contratos, tienen la logística, tienen los abogados tributarios y tienen, sobre todo, el timing. Saben cuándo liquidar, cuándo retener, cuándo presionar al gobierno por mejores condiciones cambiarias y cuándo mirar para otro lado si la cosa no les cierra.
El productor de Córdoba o de Santa Fe que tiene sus hectáreas, su soja guardada en el silo bolsa y sus deudas en el banco, ese sí que necesita que el precio de Chicago se traduzca en algo concreto en su cuenta bancaria. Y eso, históricamente, es donde la promesa se empieza a diluir.
Biocombustibles: la oportunidad que Argentina mira desde afuera
Hay otro capítulo de esta historia que merece atención: la política de biocombustibles. Mientras el mundo acelera la demanda de aceite de soja para biodiesel, Argentina tiene una industria doméstica de biocombustibles que podría estar aprovechando mucho mejor este momento.
Pero claro, para eso haría falta una política energética consistente, inversión en infraestructura, marco regulatorio estable y, ya que estamos soñando, que los distintos niveles del Estado no estén peleándose entre sí por quien se queda con qué parte de la torta.
Nada de eso abunda en estos días.
¿Festejo o espejismo?
La suba del aceite de soja en Chicago es una buena noticia objetiva para Argentina. El país tiene los recursos, la capacidad productiva y la historia para aprovecharla. Pero entre el precio en Chicago y el peso en el bolsillo de quien produce, hay un recorrido lleno de retenciones, tipos de cambio múltiples, intermediarios con mejor información que el promedio y decisiones políticas que rara vez coinciden con el momento justo.
Así que sí, festejen si quieren. Pero con una mano en el bolsillo, porque en este país, cuando Chicago sube, siempre hay alguien que ya encontró la manera de que la alegría sea ajena.
