De la sequía a nadar en dos semanas
Castelli, Chaco. Un pueblo que venía rezándole a San Pedro porque el campo se moría de sed. Y San Pedro, con la generosidad típica de quien se toma vacaciones largas y después recupera todo el trabajo atrasado de golpe, mandó 380 milímetros en apenas dos semanas. Ni más ni menos. El déficit hídrico que castigaba la zona se convirtió, casi sin escalas, en un inodoro que no deja de desbordar.
Edgard Burghardt, productor de la zona, lo sintetizó con esa filosofía estoica que tienen los chaqueños para bancarse lo que la naturaleza les tira encima: *veníamos con un déficit hídrico y bueno, hoy se cortó*. Cortó en serio: entre 230 y 240 milímetros ya habían caído antes de que el episodio terminara, y el cielo siguió descargando.
Así es el interior profundo de Argentina. No hay término medio. O te morís de calor y sequía o te ahogás. Y mientras tanto, en Buenos Aires, los que diseñan las políticas agropecuarias discuten en oficinas con aire acondicionado.
Las napas, contentas. Los vecinos, no tanto
Hay que ser justos con la complejidad del asunto, aunque la ironía duela. La lluvia hace lo que tiene que hacer desde el punto de vista agronómico: recarga las napas freáticas que venían en caída libre, da alivio a los cultivos que sobrevivían con lo justo y le baja la presión a productores que ya veían cómo sus inversiones se evaporaban junto con la última humedad del suelo.
Pero el campo feliz coexiste con el pueblo inundado. Porque 380 milímetros en dos semanas no los absorbe ningún sistema de desagüe, especialmente en municipios del interior chaqueño donde la infraestructura urbana fue históricamente el último ítem de cualquier presupuesto provincial. Castelli no es la excepción sino la regla de décadas de abandono sistemático.
Y acá viene la pregunta que nadie en el poder quiere responder: ¿cuántas veces tiene que inundarse el mismo pueblo antes de que alguien haga algo? La respuesta, en la Argentina de Milei, de Macri, de CFK y de todos los que vinieron antes, es siempre la misma: las necesarias. Las que hagan falta para el próximo discurso.
El Chaco, siempre al final de la fila
El Chaco es una de las provincias más pobres del país y, paradójicamente, una de las que más castigos climáticos recibe con mayor regularidad. Sequías, inundaciones, temperaturas extremas. Y año tras año, la respuesta del Estado nacional es la misma: el envío de algún funcionario con cara de preocupación, alguna foto con botas de goma y la promesa de asistencia que llega tarde, mal o nunca.
La gestión libertaria de Milei no inventó este abandono, hay que aclararlo para no ser injustos. Pero tampoco se está destacando precisamente por su sensibilidad federal. Cuando el presidente habla de ajuste del Estado, los que más sienten ese ajuste no son los habitantes de Palermo o Puerto Madero: son exactamente los vecinos de Castelli que ahora tienen agua hasta las rodillas y esperan que alguien los vea.
El gobernador chaqueño tiene su propia cuota de responsabilidad, claro. Las obras de infraestructura hídrica no se hacen solas ni se financian con buenas intenciones. Pero en un país donde la coparticipación federal es un campo de batalla permanente y las provincias del norte siempre salen perdiendo en la pulseada con Buenos Aires, el margen de maniobra es limitado.
El productor, el eterno equilibrista
Mientras tanto, el productor chaqueño hace lo de siempre: adaptarse. Burghardt y sus colegas saben que la lluvia es una bendición a medias. Las napas que se recomponen hoy son el seguro para los meses secos que, con certeza matemática, van a volver. El agua que hoy inunda los lotes va a ser la que falte en enero o febrero.
Esta es la vida del productor del norte argentino: un ejercicio permanente de gestión de la incertidumbre climática sin demasiado apoyo estatal, con retenciones que se discuten en Buenos Aires y con precios que se forman en mercados que tampoco miran para el Chaco.
La resiliencia no es una virtud que se elige: es una necesidad impuesta. Y en Castelli la practican hace décadas, con o sin cámaras.
Lo que el agua deja al descubierto
Las inundaciones tienen esa capacidad brutal de revelar lo que estaba escondido. No solo el agua subterránea que vuelve a los pozos: también la falta de inversión en infraestructura, la desigualdad entre el campo que necesita lluvia y el pueblo que no tiene dónde mandarla, y la distancia sideral entre las decisiones que se toman en la Rosada y las realidades que se viven a 1.200 kilómetros.
Castelli inundada es el retrato fiel de una Argentina que sigue sin resolver sus asignaturas pendientes, sin importar quién esté en el gobierno. El agua baja. Los problemas estructurales, no.
