Soja HB4: el escándalo argentino que ya es negocio en Europa

La soja HB4 argentina que Europa rechaza ya generó una nueva línea de negocios para laboratorios europeos. El caos regulatorio nuestro, la plata de ellos.

El problema argentino que enriquece a los europeos

Argentina tiene un don particular para exportar sus problemas al mundo, pero esta vez le salió al revés: exportó un problema y encima le generó negocios a otros. Eurofins GeneScan, uno de los laboratorios de referencia en análisis de organismos genéticamente modificados de Europa, ya empezó a ofrecer servicios específicos para detectar trazas de soja con el evento HB4 en cargamentos que llegan al viejo continente.

Dicho de otra manera: la soja transgénica argentina que nadie autorizó a entrar a Europa ya está financiando el crecimiento de laboratorios europeos. Aplausos.

¿Qué es el HB4 y por qué Europa pone el grito en el cielo?

Para los que recién se suman al culebrón, el HB4 es un evento transgénico desarrollado por Bioceres, empresa argentina con fuerte lobby político en el país, que permite a la soja tolerar sequías y ciertos herbicidas. El problema es que este evento no está aprobado en la Unión Europea, lo que significa que cualquier cargamento que contenga trazas detectables de este material es, técnicamente, un embarque ilegal bajo la normativa comunitaria.

Europa tiene tolerancia cero para eventos no autorizados. No es un capricho burocrático bruselense: es el marco regulatorio que sus propios ciudadanos votaron y sus gobiernos sostienen. Y la Argentina, con toda su viveza criolla, empezó a despachar cargamentos con trazas de HB4 como si el mundo fuera el patio trasero de la Rural.

El negocio que nadie esperaba

Ahí es donde entra Eurofins GeneScan a llevarse la parte más sabrosa del asunto. Ante la aparición de trazas en puertos europeos, los importadores, las empresas de logística y los propios gobiernos necesitan saber qué están recibiendo. Y alguien tiene que hacer esos análisis. Ese alguien cobra, y cobra bien.

La ironia es digna de un manual de economía política: el caos regulatorio generado por la cadena agroexportadora argentina, con la complicidad de sucesivos gobiernos de todos los colores políticos, terminó financiando la expansión de servicios privados europeos. Milei, que tanto habla de no molestar al sector privado, debería tomar nota: el sector privado que se está beneficiando no es el argentino.

Los responsables, como siempre, mirando para otro lado

Aquí viene la parte donde repartimos culpas con equidad, que es lo que en Argentina Sin Filtro nos gusta hacer.

El kirchnerismo aprobó el HB4 con bombos y platillos en 2021, en uno de esos gestos grandilocuentes de soberanía tecnológica que después no se sabe muy bien cómo termina. CFK firmó decretos y el entonces ministro Basterra salió a anunciar la revolución verde como si hubieran descubierto la penicilina. Nadie se molestó demasiado en resolver el problemita de que Europa no iba a aceptar el producto.

Macri y su gestión, por su parte, habían empujado la desregulación del sector como solución universal a todos los males del agro. La idea era simple: menos trabas, más exportaciones. El detalle de que las trabas europeas no las maneja la AFIP sino Bruselas nunca les quitó el sueño.

Y Milei, el actual inquilino de la Rosada, que prometió abrir la Argentina al mundo con su motosierra libertaria, tiene sobre la mesa un problema concreto: sus principales compradores de soja no quieren recibir mercadería que no autorizaron. La motosierra no corta regulaciones europeas.

La cadena de valor del desastre

Lo más notable de esta historia es cómo funciona la cadena. Argentina produce la soja HB4, la mezcla con soja convencional en la comercialización y el almacenamiento, la embarca y la manda a Europa. Europa la detecta, la rechaza o la pone en cuarentena, y un laboratorio alemán de capitales luxemburgueses cobra por cada análisis que certifica el desastre.

El productor argentino pierde, el exportador argentino pierde, la imagen del país pierde, y Eurofins cobra. Es casi una metáfora de la economía argentina en formato de cadena de valor agroindustrial.

Mientras tanto, en Buenos Aires, los lobbistas de Bioceres siguen trabajando para que Europa apruebe el HB4. Es un trabajo largo, complejo y que requiere evidencia científica sólida, diálogo institucional y paciencia estratégica. Tres cosas que no abundan precisamente en el ADN de la política argentina reciente.

¿Qué se puede hacer?

La respuesta racional sería separar con precisión los flujos de soja HB4 de la soja convencional, evitar la contaminación cruzada en silos y puertos, y no embarcar hacia destinos que no aprueban el evento. Suena lógico. Suena a algo que cualquier empresa medianamente seria haría de manera automática.

Pero acá estamos, con los europeos cobrando por decirnos lo que ya sabíamos y nosotros mirando cómo se nos complica uno de los pocos mercados que todavía nos compra con cierta regularidad.

Todo negocio, como titula la fuente. Lástima que el negocio no sea nuestro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *