En la política argentina, la estrategia más efectiva no es la que se anuncia, sino la que se hace en silencio. Y en eso, Jorge Macri viene rindiendo. Según reveló Perfil, el jefe de la oposición en la Ciudad está «reforzando sigilosamente» su vínculo con la Iglesia católica y con el mundo evangélico, un movimiento que, en el tablero de la política porteña, se entiende como un paso más del armado territorial que viene construyendo para el 2027 y, por qué no, para lo que venga después.
¿Por qué importa? Porque en la Argentina, la Iglesia no es solo una institución: es un territorio electoral, un espacio de poder y, sobre todo, un factor de legitimidad. Y en CABA, donde la historia reciente le dio a la oposición porteña una base sólida, el vínculo con la Iglesia católica —que ya es de larga data— se completa ahora con el acercamiento al mundo evangélico, un sector que en las últimas dos décadas pasó de ser un grupo minoritario a ser un actor político de primer orden en el mapa electoral nacional. No es casualidad que los dos partidos más grandes del país tengan en algún momento de su historia un ala evangélica: es donde se juega el voto del sur del conurbano, de la periferia y, cada vez más, del centro.
Jorge Macri, el hombre sin planes para la Ciudad
Jorge Macri ha adoptado consignas de tinte más nacional que propias del votante de la Ciudad: seguridad, al tope. Nunca ha sido una agenda fuerte en la Ciudad el tema okupas, por instancia. Pareciera imitar a LLA, (esperemos que no en todo). Sí la infraestructura, pero ahí no hay avances por ahora. Cuatro años gobernando el distrito de mayor presupuesto del país y ninguna obra importante, da para pensar. O es vagancia, o es una mentalidad municipal.
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La operación, mientras tanto, llega en un momento en que la oposición nacional está en plena reconfiguración. El PRO, tras el resultado de las elecciones de 2023 y la compleja relación con el frente de centroizquierda, se está redefiniendo: no es más el partido del presidente (eso quedó para la historia), es el partido del jefe de la oposición de la Ciudad, que tiene su propio territorio, su propia base y su propia ambición. Y en eso, el silencio es la mejor herramienta: mientras el oficialismo discute en el Congreso y el Presidente habla con el mundo, Jorge Macri se dedica a lo que en la jerga se llama «trabajo de base», que es el nombre técnico de «ir a misa y a cultos y salir con una foto».
El dato que nadie se anima a decir en voz alta: el armado territorial de Jorge Macri no es solo para 2027, es para 2031. Porque si algo ha aprendido la política argentina es que los ciclos son largos y que el que construye hoy, cosecha después de que el actual gobierno termine. En ese sentido, el acercamiento a la Iglesia católica y a los evangélicos no es una jugada electoral inmediata, es una apuesta de largo plazo: construir un bloque que no dependa de la coyuntura, de la inflación ni del sondeo de la semana.
¿Qué se viene? Que la oposición porteña siga trabajando en silencio, que la Iglesia reciba a todos (que es su oficio), y que los evangélicos, por ahora, observen sin pronunciarse. Y que el oficialismo, que viene de un 2025 de elecciones y de un 2026 de encuestas en contra, se dé cuenta de que el rival que tiene enfrente no es el que habla en el Congreso, sino el que construye afuera. Porque en la política argentina, a veces la sesión más importante no se da en el hemiciclo: se da en la sacristía.



