Vaca Muerta o Malvinas: la disyuntiva que Milei le puso al petróleo

Vaca Muerta ya no es solamente la gallina de los huevos de oro que promete sacar a la Argentina del default perpetuo: ahora también es un arma de política exterior. La formación patagónica, de la que actualmente se extraen más de 600.000 barriles diarios de petróleo, es el instrumento que Javier Milei encontró para introducir una ofensiva en la disputa histórica con el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas. Todo esto mientras la obra insignia del sector sigue su curso a media rosca.

El caño que da la vuelta al mundo para salir por el Atlántico

A fines de agosto, dos monoboyas del proyecto Vaca Muerta Oleoducto Sur (VMOS) cruzaron el Estrecho de Ormuz rumbo a Punta Colorada, Río Negro, donde se espera que lleguen a fines de octubre para completar la obra marina. El presidente de YPF, Horacio Marín, lo celebró en tono de discurso presidencial: «cada vez falta menos para que todo el potencial de Vaca Muerta se transforme en más producción, más exportaciones y más trabajo para los argentinos». Suena bien hasta que uno se entera de quién más está construyendo cosas en la zona.

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La joya y el fantasma en la misma cuenca

A 220 kilómetros al norte de las Islas Malvinas, el yacimiento Sea Lion volvió al centro de la disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido, luego de que Milei anunciara por cadena nacional la firma de un decreto para agilizar las sanciones contra las empresas vinculadas al proyecto. Las operadoras son la israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration, ya sancionadas previamente por la Cancillería argentina. El Decreto 868/2026 establece un procedimiento administrativo más rápido para aplicar la Ley 26.659 —conocida como «ley Pino Solanas»—, que prohíbe desarrollar actividades hidrocarburíferas en la plataforma continental argentina, incluidas las aguas de las islas, sin autorización nacional.

Entre las consecuencias contempladas para las empresas que no respeten esa autorización figuran inhabilitaciones para operar en el país, restricciones para contratar con el Estado y la eventual pérdida de concesiones. Es la versión hidrocarburífera del «no jugás en los dos clubes»: si trabajás en Malvinas, te arriesgás a quedar afuera de Vaca Muerta.

El proveedor que juega para los dos equipos

Acá aparece la contradicción que más le duele al relato prolijo del Gobierno. Bluewater, un proveedor estratégico del oleoducto estrella de Vaca Muerta —la empresa que fabricó las monoboyas del VMOS— también trabaja para Sea Lion, el proyecto que Milei busca sancionar. Nadie en el organigrama oficial se ocupó de explicar cómo se concilia bancar la soberanía con un contrato compartido entre el buque insignia patrio y el enemigo británico.

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No todos juegan ese doble partido, eso hay que reconocerlo. SLB, Baker Hughes y Halliburton, tres de las mayores empresas de servicios petroleros del mundo, comunicaron que no participarán en proyectos de explotación de hidrocarburos en las Islas Malvinas, aun teniendo negocios fuertes en la Cuenca Neuquina.

Fútbol, Trump y una bandera en la geopolítica del crudo

El condimento político-futbolero no falta. La tensión se recalentó después de que Donald Trump sugiriera que podría revisar el histórico apoyo de Estados Unidos a la postura británica sobre las islas, en un momento en que la relación bilateral se tensó tras la eliminación de Inglaterra a manos de la Selección argentina en semifinales del Mundial 2026 y el despliegue de una bandera con la frase «Las Malvinas son argentinas» por parte de los jugadores. Naciones Unidas, mientras tanto, sigue en su rol de espectador diplomático: reconoce la existencia de una disputa de soberanía y convoca reiteradamente a negociar, sin que nadie le dé demasiada bola.

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La cuenta pendiente

El negocio, en el fondo, todavía necesita mucha plata fresca. Un informe privado calculó que Vaca Muerta necesita US$22.000 millones de inversión adicional para sostener el salto exportador, con la mira puesta en la inauguración del oleoducto Vaca Muerta Oil Sur hacia fin de año como forma de destrabar uno de los principales cuellos de botella del sistema. Mientras esa plata no aparece del todo, el Gobierno prefiere jugar la carta geopolítica: convertir el petróleo en bandera y la bandera en excusa para no hablar de lo que realmente falta, que son dólares contantes y sonantes.