Hay presidentes de asociaciones de fútbol que llegan al poder gracias a un blister, otros gracias a un trofeo. Claudio «Chiqui» Tapia llegó al poder gracias a un pacto, lo sostuvo gracias a una Copa del Mundo y ahora lo defiende gracias a la inercia. Pero la inercia, como bien saben los que entienden de física y de política, no dura para siempre. Y en el verano boreal de 2026, con la selección argentina cayendo en la final del Mundial ante España por 1-0 y Lionel Messi anunciando su retiro definitivo de la albiceleste, la era de Tapia entró en una nueva fase: la de Chiqui sin Messi, la de Chiqui sin Copa, la de Chiqui contra todos.
El racconto judicial: de Viamonte al sur de la Florida
El problema de Chiqui Tapia no es que tenga una causa judicial. El problema es que tiene varias, todas simultáneas, y ninguna parece cerrarse a su favor. La más sonora arrancó el 23 de febrero de 2026, cuando el juez Diego Amarante lo citó a indagatoria para el 5 de marzo por la presunta malversación de aportes previsionales correspondientes a 2024 y 2025, por un monto que ascendía a 19.000 millones de pesos. La cifra, de por sí, llamaba la atención: diecinueve mil millones de pesos en aportes que no llegaron a destino. El juez, además, le dictó un prohibición de salida del país que después tuvo que flexibilizar para que Tapia pudiera viajar a Colombia y Brasil entre el 23 y el 28 de febrero por «actividades oficiales». O sea: no podía salir del país, excepto cuando podía. El mensaje judicial era claro: «lo estamos vigilando, pero no le vamos a impedir trabajar». El mensaje político era todavía más claro: «si esto se cae, se cae solo».
El 5 de marzo, en respuesta a la citación, los clubes argentinos anunciaron un paro que se extendió del 5 al 8 de marzo. Tres días sin fútbol, tres fechas suspendidas, una protesta que la dirigencia denominó «contra la persecución judicial» pero que, en los pasillos de Viamonte, muchos interpretaron como una operación de presión sobre el juez más que como un acto de solidaridad con el presidente. Porque si hay algo que el fútbol argentino sabe hacer bien, además de jugar mal, es cerrar filas cuando el poder está amenazado. Y Chiqui Tapia, que conoce ese mecanismo mejor que nadie, lo activó con la precisión de un reloj.
Pero el paro no frenó la justicia. El 12 de marzo, Tapia se presentó ante un tribunal de Buenos Aires en una causa separada por presunta evasión de aportes de la seguridad social. Fue su primera comparecencia judicial formal, y la foto no fue la de un presidente de AFAentrando a un edificio con la frente alta. Fue la de un dirigente que caminaba rodeado de abogados mientras los flashes lo persiguieron hasta la puerta. A esa causa se le sumó otro ingrediente explosivo: la conexión con Maximiliano Vallejo, dueño de Sur Finanzas, investigado por lavado de dinero y cuyo vínculo con Chiqui Tapia fue objeto de escrutinio fiscal y bancario. El detalle más picante de esta historia es que la defensa legal de Vallejo quedó en manos del estudio jurídico del ministro de Justicia de la Nación, Mariano Cúneo Libarona, tal como reveló Clarín en noviembre de 2025. O sea: el financiero vinculado al presidente de la AFA es defendido por el estudio del ministro de Justicia del gobierno de Milei. En la política argentina, eso se llama «telaraña». En la justicia, se llama «conflicto de intereses potencial».
Y después vino el episodio que casi nadie vio venir. Tras la final del Mundial 2026, en la que Argentina perdió contra España 1-0, trascendió que el FBI había detenido a Tapia en un aeropuerto de Nueva York. La AFA salió a desmentir con un comunicado que aclaraba que la citación del Tribunal de Distrito Sur de la Florida no era para Tapia personalmente sino para «un tercero» que debía aportar documentación y correspondencia vinculada a «diversas personas, incluida la dirigencia de la asociación». En criollo: no lo detuvieron a él, pero lo están investigando a través de otros. La diferencia entre una cosa y la otra, en términos jurídicos, es la diferencia entre estar imputado y estar citado como testigo. Pero en términos políticos, es lo mismo: el nombre de Tapia aparece en un expediente del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Y eso, en la dirigencia deportiva sudamericana, no es un detalle menor.
El formato que nadie quiere defender
Mientras la justicia lo aprieta por arriba, los clubes lo aprietan por abajo. La Liga Profesional de 2026 mantiene el esquema de 30 equipos en Primera División, una decisión que el propio Tapia defendió con la elegancia que lo caracteriza: «Nos guste o no, este es el campeonato que eligieron los clubes». La frase, dicha en una reunión del Comité Ejecutivo, fue interpretada como una chicana dirigida a los dirigentes que ahora se quejan del formato pero que en su momento votaron a favor. «¿Les gustó eso ahora, no?», tiró Tapia, con esa sonrisa que mezcla ironía y desafío.
El problema es que las quejas no vienen solo de los clubes grandes. Vienen de los chicos, de los medianos, de la prensa, de los jugadores y de los técnicos. El argumento es simple: con 30 equipos, el torneo se diluye, los partidos pierden intensidad, los cruces clásicos se espacian y el nivel competitivo baja. Los críticos reclaman una vuelta a los 20 equipos, un calendario más equilibrado y mayor concentración de talento por partido. Tapia respondió que «si me preguntan si la Liga sería mejor con 20 equipos, podría ser», pero aclaró que la estructura actual «sigue vigente» y que la discusión quedará para las reuniones de la Comisión Ejecutiva donde se están definiendo los formatos de la temporada 2027.
Lo que Tapia no dice es que volver a 20 equipos implica dejar afuera a 10 clubes que hoy tienen ingresos por television y por sponsorship que perderían en caso de descenso. Y esos 10 clubes son los que le dan los votos para mantenerse en el poder. Así que el debate sobre el formato no es un debate técnico: es un debate político donde cada equipo es un voto y cada voto es un sillón. Y Tapia, que sabe contar votos mejor que nadie, no va a ser el presidente que baje a 10 clubes para contentar a la prensa.
La era sin Messi: el escudo que se apagó para el Chiqui Tapia
El 8 de agosto de 2026, a las 2 de la madrugada, falleció Jorge Messi en el Sanatorio Centro de Rosario, a los 68 años. Chiqui Tapia publicó una carta esa misma mañana: «Enorme gratitud, respeto y afecto», escribió, y envió «el abrazo más sentido, cálido y afectuoso» a Lionel y su familia. La carta fue un gesto institucional correcto, pero también fue la constatación de algo que muchos venían observando: la distancia entre el presidente de la AFA y el capitán de la selección era cada vez mayor.
Messi había anunciado su retiro de la selección tras las Eliminatorias rumbo al Mundial 2026. La final perdida contra España fue su último partido oficial con la albiceleste. Tapia, en una entrevista con Perfil el 6 de agosto, le pidió públicamente que «posponga la decisión» y que continúe «al menos hasta la Copa América 2028». El pedido tenía todo: ternura, desesperación y una dosis de cinismo político. Porque si Messi seguía, Chiqui Tapia seguía. Si Messi se iba, Tapia perdía su mejor escudo: la foto con el capitán que ganó el Mundial, la Copa América y la Finalísima. Sin Messi, el balance de gestión de Chiqui Tapia se reduce a dos cosas: un formato de torneo que nadie defiende y un legajo judicial que se engrosa mes a mes.
Los comentaristas de fútbol argentino ya lo han señalado: la «ausencia de fotos» entre Tapia y Messi en los últimos meses de la era post-Mundial es una señal política. En el fútbol argentino, donde las imágenes valen más que los comunicados, no aparecer en la misma foto con el mejor jugador de la historia es un mensaje que no necesita palabras. Y Tapia, que durante años usó la imagen de Messi como tarjeta de presentación, ahora tiene que gobernar sin ese comodín.
El problema de fondo es que la era post-Messi no es solo una era sin el mejor jugador. Es una era sin el blindaje mediático que ese jugador ofrecía. Cada vez que la justicia citaba a Tapia, la foto con la Copa del Mundo aparecía como contracara. Cada vez que los clubes se quejaban del formato, el recuerdo de la Selection campeona del mundo callaba las críticas. Pero ese recurso se agotó. Y lo que queda es un presidente con causas judiciales abiertas, un torneo de 30 equipos que genera más quejas que entusiasmo, y un vacío de liderazgo que ni el propio Tapia sabe cómo llenar.
El cruzado con Milei: la última frontera
Como si todo esto no fuera suficiente, Tapia tiene un enemigo poderoso en la Casa Rosada. Javier Milei viene desde antes de asumir con la idea de privatizar los clubes de fútbol argentinos, un proyecto que la AFA ha resistido con todas sus fuerzas. El cruce entre ambos no es nuevo, pero se intensificó durante el Mundial: mientras Tapia buscaba legitimarse con la selección, Milei presionaba desde el Estado para cambiar el modelo de gestión del fútbol. Y sin la Copa del Mundo como escudo, Tapia tiene menos margen para negociar con un presidente que no se caracteriza exactamente por su paciencia diplomática.
La pregunta que se hacen los dirigentes de clubes en las reuniones de Viamonte es simple: ¿cuánto le queda a Chiqui Tapia? Nadie se anima a ponerle fecha, pero todos saben que el reloj corre. Las causas judiciales no se cerraron, el formato de torneo no se reformó, la selección no tiene a Messi y el gobierno nacional quiere meterle mano al fútbol. Si Tapia fuera un equipo, estaría en zona de descenso. Y en el fútbol argentino, los que descienden no siempre vuelven.




