UTA vuelve a plantarse en Córdoba: la deuda que nadie quiere pagar

Cuando un intendente sale a decir que «no hay ninguna deuda» mientras el gremio asegura que la Municipalidad «reconoció la deuda» en una reunión la semana pasada, hay solo dos posibilidades: alguien miente descaradamente o alguien está jugando con las palabras para ganar tiempo. En Córdoba, con UTA y la gestión de Daniel Passerini protagonizando el enésimo round de un conflicto que ya lleva semanas, la apuesta segura es la segunda opción.

El lunes los choferes de los corredores 82, 83 y 84 de la empresa Sí Bus volvieron a las asambleas sorpresivas, esas que paralizan el servicio durante tres horas y dejan a miles de pasajeros cordobeses improvisando un plan B para llegar al laburo. No es la primera vez este mes: ya habían pasado por las líneas 22, 24, 28, y por el combo 60-63-65-42-44-B60. El patrón es tan repetitivo que casi se podría programar en el calendario.

La cuenta que no cierra

El reclamo de fondo tiene números, y ahí está la parte que sí se puede chequear. UTA pide para Córdoba el mismo esquema que ya rige en el Amba: un aumento escalonado de 6% en julio, 8% en agosto y 10% en septiembre. Del otro lado del mostrador, el sector empresario ofrece un 2% mensual para agosto y otro tanto para septiembre. La brecha es enorme, y no hace falta ser actuario para notar que estamos hablando de universos salariales completamente distintos.

Es la ecuación de siempre en cualquier paritaria de transporte: el gremio se ancla en lo que cobra su par porteño, la patronal se ancla en lo que puede pagar sin fundirse, y en el medio queda el usuario que no eligió estar en esta pulseada pero la sufre en cada asamblea sorpresiva.

Passerini, el arte de decir todo y no decir nada

El intendente salió a bancar la gestión con una frase que merece enmarcarse: «se hacen asambleas de manera sorpresiva, entendemos que no corresponden porque no hay ninguna deuda». Fuerte la definición para alguien cuyo propio equipo técnico, según el gremio, admitió lo contrario apenas días antes. O el mensaje interno de la Municipalidad no llegó completo hasta el despacho del intendente, o Passerini decidió que la versión pública tenía que ser otra.

Después vino el remate clásico del funcionario que administra un sistema deficitario: «vamos a cumplir, porque es un esfuerzo muy grande para la ciudad sostener un sistema de transporte» y la advertencia de que si no fuera por el subsidio municipal el boleto sería «mucho más caro aún». Todo correcto, probablemente hasta cierto, pero también el argumento de manual que usa cualquier gestión municipal en cualquier provincia cuando quiere correr el eje del reclamo salarial hacia el bolsillo del usuario.

Mientras tanto, la Municipalidad pidió que la Secretaría de Trabajo de la Provincia intervenga para «evitar nuevas asambleas» que «perjudiquen a los usuarios». Traducido: que alguien le baje el pulgar al gremio por izquierda, ya que por la mesa de negociación no está funcionando.

UTA tampoco se salva del sarcasmo

Ojo, que esto no es una nota para victimizar al gremio. La estrategia de la asamblea sorpresiva es, ante todo, una forma de presión que usa como rehén al pasajero que ni pincha ni corta en la negociación. Es legítimo el reclamo salarial —los números de la brecha con el Amba son reales—, pero también es cierto que cortar el servicio sin previo aviso, semana tras semana, empieza a parecerse menos a una herramienta gremial de último recurso y más a una rutina instalada.

La Junta Ejecutiva de UTA decidió no ir al paro formal y en cambio sostener las asambleas informativas, una figura que le permite reclamar sin asumir el costo político —ni salarial para sus afiliados— de una medida de fuerza declarada. Es más cómodo, sí, pero también más difícil de explicarle al pasajero que se quedó parado en la punta de línea sin saber si el bondi va a pasar.

El verdadero rehén

Al final del día, ni la Municipalidad ni UTA pierden gran cosa en el corto plazo: unos ganan tiempo, los otros presión mediática. El que efectivamente pierde es el que se sube al colectivo todos los días y no tiene vela en este entierro salarial. La flota «que en promedio no supera los cuatro años de antigüedad», como orgullosamente destacó Passerini, no le sirve de mucho a nadie si se queda estacionada tres horas por asamblea.

Este conflicto viene escalando desde principios de septiembre y todo indica que no se resuelve con declaraciones cruzadas en los medios. Hasta que no haya una oferta salarial que se acerque al reclamo —o una explicación convincente de por qué Córdoba no puede pagar lo mismo que el Amba— las asambleas sorpresivas van a seguir siendo la moneda corriente del transporte urbano cordobés.