Donald Trump volvió a demostrar que en su cabeza no existen las alianzas sagradas, solo las que todavía le sirven. El martes 1 de septiembre, ante una pregunta de la BBC sobre si Estados Unidos estaba reconsiderando su postura histórica sobre las Malvinas, el presidente contestó con esa liviandad que tan bien conocemos: «Siempre reviso cada posición. Esa es solo una de muchas». Una frase de cajón, ambigua a propósito, pero que en Londres cayó como una piedra en el estanque.
No es que Trump haya dicho que apoya el reclamo argentino. Ni siquiera dijo que va a cambiar algo. Dijo, básicamente, que todo está sobre la mesa si a él le conviene. Y ahí está la clave para entender el episodio: no se trata de justicia histórica ni de autodeterminación de los isleños, se trata de plata. De cuánto gasta cada país europeo en defensa y de cuánto le rinde a Washington sostener el paraguas de seguridad de la OTAN.
El trasfondo es tan poco romántico como efectivo. En la cumbre de la OTAN en La Haya, los aliados se comprometieron a llevar el gasto en defensa al 5% del PIB para 2035. El primer ministro británico Andy Burnham heredó el compromiso de su antecesor Keir Starmer de llegar al 3,5% en gasto de defensa central para ese año, pero circularon versiones de que el canciller John Healey podría bajar la vara del objetivo previo del 3% para 2030 en el presupuesto que presenta el 28 de octubre. Healey salió a desmentirlo en el diario The Times, prometiendo «un camino claro» hacia esa meta.
Es en ese contexto de tironeo presupuestario donde aparece la frase de Trump. El Daily Telegraph ya había adelantado, citando a un funcionario estadounidense no identificado, que el Pentágono estaba armando propuestas para incentivar a los aliados de la OTAN a cumplir sus compromisos de gasto, y que entre esas opciones figuraba revisar el apoyo a la soberanía británica sobre las Malvinas.
No es la primera vez que el tema circula puertas adentro: en abril, un email interno del Pentágono filtrado a Reuters ya mencionaba la posibilidad de castigar a los aliados que no habían acompañado la intervención militar de Estados Unidos en Irán, y las Malvinas figuraban entre las fichas disponibles. Cuatro meses después, la advertencia interna se convirtió en frase pública. Así funciona la diplomacia trumpista: primero el rumor, después la insinuación, y recién ahí, si hace falta, la definición.
Londres, entre la firmeza discursiva y los nervios reales
El gobierno de Burnham reaccionó con el libreto de siempre. Un portavoz del primer ministro repitió que «los isleños de Malvinas son británicos con derecho a determinar su propio futuro» y que el compromiso de Londres con ellos «es inquebrantable». La ministra del Foreign Office, Uma Kumaran, agregó en el Parlamento que la posición británica «permanece sin cambios» y que no hay «ninguna duda» sobre la soberanía. Palabras firmes, aunque el tono general de la respuesta —y la insistencia en repetirlas rápido— delata cierta incomodidad.
La diputada laborista Emily Thornberry, que preside el Comité de Asuntos Exteriores de los Comunes, calificó los dichos de Trump de «disparates» y exigió una respuesta oficial del gobierno en la Cámara. La presión interna sobre Burnham para que no ceda ni un centímetro frente a Washington es considerable, sobre todo porque el laborismo llegó al poder este año después de la debacle conservadora y no puede permitirse mostrarse débil en un tema que en el Reino Unido todavía se lee en clave de orgullo nacional.
El costado argentino: Milei no necesita hacer nada nuevo por Malvinas
Acá aparece el ángulo que en Argentina más entusiasma y que conviene mirar con algo de distancia. Trump mantiene una relación personal fluida con Javier Milei, quien asistió a su segunda asunción en enero de 2025 y se convirtió en uno de los presidentes latinoamericanos más alineados con la Casa Blanca. Washington habilitó una línea de crédito de 20.000 millones de dólares para Argentina —atada, sin demasiado disimulo, al resultado electoral de La Libertad Avanza— y después autorizó la importación de carne vacuna argentina para bajar precios internos en Estados Unidos. Milei, por su parte, sostiene públicamente el reclamo de soberanía sobre las Malvinas, aunque hasta ahora sin que eso implique gestos concretos de Washington en esa dirección.
El tema volvió a instalarse en la agenda global, además, después de la victoria de Argentina 2 a 1 sobre Inglaterra en semifinales del Mundial de julio, cuando el plantel desplegó una pancarta con la leyenda «Las Malvinas son Argentinas» y la FIFA multó a la AFA con 235.000 dólares por la demostración. Un gesto futbolero que terminó generando más ruido internacional que cualquier nota diplomática de la Cancillería en años.
Desde 1982 Washington sostiene una posición de neutralidad formal sobre la soberanía, pero de reconocimiento práctico de la administración británica, un respaldo tácito que forma parte del andamiaje de la «relación especial» entre ambos países. En ese mismo 1982, el apoyo de Ronald Reagan a Margaret Thatcher fue decisivo para el desenlace de la guerra, pese a que el gobierno de Galtieri también era aliado de Washington en el tablero de la Guerra Fría regional. Ese alineamiento cimentó el vínculo ideológico entre Reagan y Thatcher y quedó como uno de los pilares fundacionales del lazo angloamericano.
Que Trump ande jugando con esa herencia frente a un gobierno laborista al que no considera un aliado ideológico no es un gesto de simpatía hacia la Argentina: es una demostración de que ninguna posición es sagrada cuando hay plata de la OTAN de por medio. Ahora bien, más allá de la intención, el efecto es real: que el presidente de Estados Unidos diga en público que está «revisando» su postura sobre las Malvinas es, en la lógica de una disputa diplomática que lleva más de cuatro décadas estancada, uno de los movimientos más favorables al reclamo argentino desde la guerra de 1982. Aunque sea, como todo lo que toca Trump, más transaccional que sincero.



